jueves, diciembre 27, 2012

Nuestro propio Cosmos.


Galacidalacidesoxyribonucleicacid, Dalí.
















Puedo echarte de menos
como si hubiese acabado el mundo.
Y también puedo
sentir como me hundo
al colocar
mis pies en el asfalto
(de barro y de fuego)
mientras grito a la vida un: olé
por hacer todo
tan jodidamente perfecto.

No queda más que deslizarse
y cerrar puertas que ya
nunca se abren.
No queda más que comernos los ojos
a través de los astros
y bebernos el sol,
siempre de un sorbo.
No queda más que escondernos
de las sombras,
en el centro inmenso de la luz
que nos llega en los sueños,
que nos crea y nos recrea
a través de los versos,
a través de la lluvia,
a través de la suave voz del viento.

Así que como digo,
nada es tan importante
como besarnos justo
en ese instante
en el que todo acaba
para empezar de nuevo,
para colgar la vieja vida en un perchero.
Tus labios pueden ser
los de siempre u otros
pero los besos
siempre serán los besos,
esos que dicen tanto
cuando tocan por dentro
y funden en misterio
un universo inverso.

Y puedo echar de menos
toditos tus lunares,
pero es que también puedo
vivir en carnavales
constantes y cantantes,
conscientes y candentes
de fuego purificador
que recuerda que el mundo
siempre sigue girando
y nosotros en él,
siempre buscando algo.

No queda más que distraerse
con el sol y la luna,
y empezar a crecer
con esa distracción,
aprender a volver
a los orígenes,
y desde ahí soñar
como si cada sueño
fuese siempre el primero
(porque lo es)
y nunca fuese el último
porque el tiempo no existe.

Es tan sólo un pastel
que comemos en orden
para no atragantarnos,
pero allí (desde Sirio)
saben bien
a qué sabe el pastel
que comimos ayer
o que, tal vez,
comeremos mañana.

No queda más que andar
volando a ras del suelo
y limpiando el terreno
con nuestras bellas alas
que casi nunca vemos
porque sí, están detrás,
y somos como somos,
siempre mirando alante
nos falta el angular
y nos falta girar
hacia todos los lados,
hacernos siempre un zoom
para luego alejarnos
y dejarnos flotar
y captar el momento
que el recuerdo se las sabe todas
y en mitad de ese enredo
que a veces suena injusto,
él nos alisa el pelo
casi del susto.

Puedo echarte de menos
como si nunca hubiera
vivido
mi propia vida
fuera de ti,
pero es que también puedo
mirar mis tatuajes
los de fuera y de dentro,
y vivirme despierto
descubriendo el instinto
que en su día
me llevó hasta los brazos
del destino.

No queda más que vernos
a través de los ojos de un Dios
que sepa amar sin miedo.
Cada uno tiene el suyo,
pero el mío
tiene forma de árbol
y canta como un colibrí,
vuela siempre descalzo,
y nada como un delfín
me piensa siempre en verso
para darle sentido
a todo el sinsentido
que habita en mí.

No queda más que admitir
que cada uno de nosotros
somos nuestro propio Cosmos.