miércoles, enero 11, 2012

Melancolía. (Déjame que delire.)

Pintura de Edvard Munch.

Déjame abrirte los chakras con un beso,
o dos.
Pero no me pidas que me arranque los lunares.

Déjame que te ame
como si fuéramos los sueños
de un loco que navega sin rumbo
por un mar inmenso.

Déjame que delire
y no me pidas que te explique
cuánto o cómo o por qué,
si nada es tan gris como los ojos del vacío
que llora si no tiene alas
para quemarlas cerquita del sol.

Déjame que me quite la espina
de escribir sin morderme las uñas,
que la lengua la tengo muy larga
porque tengo complejo de sapo.

Déjame que vacile y que dude,
pero no me dejes caer.

Déjame que me exceda en tus vicios
y que cuelgue en tu percha mi abrigo.
Recordemos que vale la pena
vaciar los bolsillos
y llenarse la tripa
de versos, saliva, caricias y aromas.

Déjame que me ponga nostálgico
y le lance una piedra a la luna,
y me olvide de toda poesía,
y me ría de la vida,
de la noche y del día,
y me fume en cachimba tus besos,
y me quite el sombrero por ti.

Déjame que te cuente secretos,
pero no me pidas que no vuele,
que sin ti los zapatos se agrandan,
los cordones se anudan,
y la tierra se bebe mi sangre.
Que las alas me saben a gloria
si me lanzo sin paracaídas
para verte dormir.

Déjame que recapacite,
pero no me pidas que resuma,
que la historia la entiende quien quiere,
y quien no,
que se venga conmigo.

Déjame que termine este verso,
pero no me pidas que me calle.
La melancolía me hace decir demasiadas cosas.

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